Zinko Sentidos

Wednesday, August 16, 2006


Que delicioso es enamorarse. Empezar conociendo a esa persona que extrañamente nos cautiva, que nos va envolviendo en un universo donde todo es perfecto, donde las mariposas recorren el estómago con las preguntas “¿me miró?” ó “¿viene hacia acá?”, desestabilizando la balanza interna de los sentimientos y las sensaciones.En medio del desequilibrio llega el primer beso, rebasando las fronteras de la individualidad y permitiendo un primer contacto con ése otro. El hecho en sí es extraño. Estamos hablando de la succión de los labios de otra persona, de pasar fluidos desde mi boca que mezclo con los del otro, mientras pretendo “acariciar” sus labios con los pliegues más elásticos de los míos a ver sí logro provocar en él deseos y sensaciones semejantes a las que experimento, o para hacerle saber que algo “siento” (o quiero). Aunque se trata de una succión natural entre los seres humanos que tiene su soporte biológico desde la época de lactancia, no deja de ser en sus comienzos, uno de los hechos más curiosos dentro del proceso de enamoramiento. Una vez se rompen las barreras del primer beso y todas esas cosas, viene el establecimiento del noviazgo, si la chica o el chico corrió con suerte. Llega ése episodio en el que tanto él como ella exponen sus tesis con respecto al presente (eres lo más espectacular que conozco) y al futuro (no quiero desprenderme de ti jamás). Cada uno de los enamorados transforma en palabras esas poderosas sensaciones que el otro despierta, para así conseguir el primer propósito del enamoramiento (no del amor): posesión. Posesión que generará seguridad, estabilidad y sobretodo tranquilidad; tranquilidad de saber que aquel que inspira todo tipo de fantasías en mí, me pertenece solamente a mí y a nadie más. Pasamos a una nueva etapa, corta pero interesante. La niña decide que lo conveniente dentro de su educación y su cultura familiar, es que su novio conozca a su familia (sus valores, sus normas, sus principios y hasta la imagen repetitiva de su madre entre sus sesos no le dejarían de atormentar la cabeza hasta que no lo haga, así ella no lo considere indispensable). La reciente pareja entra en la casa de ella, donde toda la familia espera ansiosa de conocer a aquel que se cree digno de estar con el tesoro de la casa a pesar de las actitudes fingidas de desinterés y sorpresa. Las glándulas sudoríparas del novio se activan notoriamente y su glándula tiroides pareciese ensancharse para aplastar sus cuerdas vocales justo en ése momento. Los dos enamorados aparentan interesarse en las preguntas y en los comentarios de la familia de ella, todo sea por pertenecer de momento a esa telaraña que pretende envolverlos. A pesar de los nervios, de la inseguridad y de la incomodidad (y con algo de suerte), las cosas finalizan bien.
Una vez oficializan la cuestión empieza a evolucionar la mejor parte del noviazgo moderno. Empiezan a conocerse, a divertirse con cada confidencia, cada coincidencia que descubren entre los gustos de ambos, a soñar con colores, con lugares, a fantasear inocentemente con playas, noches, lluvias, fiestas, soledad, a enterarse de que la sombra de ex novios y ex novias se evapora, en fin, hasta que una noche, durante una succión de labios, los cuerpos se atraen más de lo normal. El novio empieza a palpar con sus pectorales los varias veces soñados senos de la otra, delicados, palpitantes como el seguramente se los habrá imaginado con anterioridad. Se acerca con suavidad hacia su cintura y la amarra fuertemente con sus brazos, la engancha y acerca su pelvis disimuladamente a la de ella. La niña, con los pulmones a punto de estallársele siente atracción por su aroma, por sus brazos, sus músculos, por la sensación vaporosa entre sus piernas y la sensación física entre las de él, mientras escucha ése eco molesto maternal dentro de su cráneo, gritándole a todo pulmón que se detenga. En medio de esta apasionada y humeante situación ella decide detener esa “nueva” forma de comunicarse. Terminar con ése comercio de signos prohibidos por su cultura y a confundirse entre una cortina de disculpas que luego ni recordarán. Hasta otro momento.Pero esas son las bondades del amor. El regala desde las más tiernas emociones hasta las más excitantes sensaciones, el transforma el pensamiento cultural y reglamentado en la libertad de lo natural, en el sentir, en ese hedonismo tan deseado como estigmatizado.
Llega entonces la noche de los dos. Solos por fin. Ella llega ansiosa pero al mismo tiempo atormentada, envuelta en un pegote religioso y normativo que le solda los zapatos al suelo y no la deja caminar. La electricidad empieza a recorrer la piel, ese deseo por estar con él influye en sus valores, en esa noción espantosa de que la mujer vale por la conservación de sus genitales únicamente. Por encima de todo se da una ruptura, y nace una decisión. Dice sabiamente un Señor del común, “el idealismo es desbordado, cálido y requiere esfuerzo…” ¡Qué más esfuerzo que dejar toda una cultura por fuera un vez se cierra la puerta que conduce hasta el ideal de sentir a quien uno desea tanto! Estamos inmersos en una cultura que pareciese valorar la historia; en la actualidad constantemente se gime porque ya no nacen héroes como los que libertaron ciudades enteras de algún dogmatismo, propusieron salvaciones o se esforzaron al límite por materializar invenciones que salvaron millares de vidas y sin embargo, de la manera más vil voltean la cara después de escupir, cuando una niña decide desprenderse de dogmatismos culturales (igual que lo hicieron nuestros añorados héroes antepasados) y sentir.
Ella entra y lo saluda. En un instante el la toma entre sus brazos nuevamente y le roba un beso. El conflicto despierta dentro de los dos, la batalla entre lo que se les inculcó estaba bien y la sensación que los quema en ese momento; ese malestar que provoca el querer y no poder. Poder, querer, pero no saber. Ese martirio.El empieza a acariciarla y en cada caricia pareciere llevarse culpas, temores, indecisión, inseguridad; entre más cálido la toca más dignidad siembra en ella.Ella por el contrario cierra sus ojos mientras se repite que lo ama, que no importa nada más en ese momento. Con cada estilizada succión empiezan a desprenderse la educación religiosa colegial, los consejos de su madre cuando la pesaba en una balanza imaginaria y le decía que conseguiría mejor esposo si se conservaba, sí prácticamente se oxidaba en vida. Las promesas a sus amigas de perder la virginidad todas juntas el mismo día, a la misma hora se desvanecen entre sonrisas y húmedos suspiros. Cada prenda que él va retirando lleva una idea distinta, ideas sobre el amor, sobre el noviazgo, sobre el sexo, sobre ella misma. Nuevas ideas forman parte de ella, hermosas, diferentes a las de cualquier persona que en algún momento haya tenido influencia en su pensamiento, razones que le permiten desnudarse física y culturalmente y asimilar una única idea en su esencia: amarlo a él y dejarse amar.
Él también se debate dentro de sí. Empieza a sentir que la necesita, que la quiere consigo, que va a ser suya desde ése instante. Su posición machista aunque sensible le da el derecho de descubrirla, de guiarla, de atenderla, de no lastimarla pero ante todo de poseerla. Quiere adueñarse de aquella que ama a toda costa y sabe que la mejor manera es ésta. Nuestra cultura virginal. Nuestra cultura religiosa y dogmática, que se jacta de pedir libertad cuando pule diariamente las cadenas que la sujetan.
Estamos ahogándonos en una sociedad que condena el sexo hedonista pero no da la opción saludable y hermosa de hacer el amor. En una sociedad que encasilla lo físico, lo espiritual, que enfrasca el amor dentro de ejemplos sagrados, con más de 3000 años de antigüedad; una sociedad que teme innovar y crear nuevos patrones de conducta que se adapten a lo que vivimos en éste instante. Una sociedad que le teme al amor, que le teme a soñar con la desnudez del otro, que se escandaliza ante la idea de la consumación física antes del matrimonio. Una sociedad que exige un compromiso escrito y bendito, una ceremonia que ha de celebrarse en las condiciones económicas colombianas, en dónde la iglesia no se ofrece gratuitamente para casar una pareja, pero sí para juzgarlos y hasta expulsarlos en caso tal de que no lo hagan. Una sociedad que no entiende que no hay nada más bendito y sagrado que convertirse en uno solo, espiritual con aquel que amas. Los dos se abrazan, se miran y duermen pacíficamente entre los brazos y las piernas que alcanzan a verse entre las sábanas. Ella despierta y la sorpresa despunta en sus ojos cuando lo observa, desnudo y dormido junto a ella y recuerda lo que pasó. Se sonroja y sonríe. En ocasiones llora. Sus fantasmas regresan; su mente empieza a llenarse de predicciones, de comentarios, de juicios, de no saber como va a mirar igual a los ojos en el momento de pretender que nada ocurrió.Él despierta y la mira aterrada, sin saber que decirle para hacerla sentir digna y aún amada.Toma su mano y la besa con delicadeza. Han superado juntos el día después, pero qué es lo qué les espera entonces?.

2 Comments:

  • Hay una gran fuerza narrativa que mantiene el interés del lector. Obviamente, el tema y el tratamiento que da al mismo generan gran expectativa. Insisto en revisar la extensión de los comentarios aunque, repito, hasta ahora, la misma no riñe con el su entretenido estilo.

    By Blogger Jorge Manrique, at 3:34 AM  

  • De verdad se despiertan los sentidos al leer un texto tan descriptivo como éste: texturas, formas, colores.

    Hay mucha precisión en el vocabulario escogido.

    Me gustó mucho.

    By Blogger María del Mar, at 5:41 PM  

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